Es
uno de los santos civilizadores de Inglaterra, y civilización quería
decir romanidad; un inglés apasionado por los libros, el arte y la belleza,
la cultura, los nuevos procedimientos de su construcción y decoración,
y además muy romano, que quiso enseñar a sus compatriotas el canto
litúrgico de san Gregorio, la voz más pura de la Iglesia.
Fue un noble anglosajón que formaba parte de la corte del rey Oswy, y
que a los veintitantos años renunció al mundo para hacerse benedictino
en el sur de Francia, cambiando su nombre de Biscop por el de Benito. Desde
Lérins, cerca de Cannes, volvió a Roma (donde ya había
estado dos veces) con la intención de instalarse allí, pero el
Papa dispuso que regresara a la Gran Bretaña para consolidar la obra
evangelizadora de san Agustín y sus compañeros.
Así, en su tierra natal, la Nortumbria, en el noreste de Inglaterra,
lo que hoy es el condado de Durham, fundó los monasterios de Wearmouth
y Jarrow, que puso bajo el patronazgo de san Pedro y san Pablo, e importó
del continente los mejores artesanos, los mejores libros, los objetos más
bellos, todo le parecía poco para el esplendor del culto y para contribuir
a la piedad y al saber de sus monjes.
Él mismo no dejaba de ser un monje un tanto sorprendente por su inquietud
y sus afanes viajeros - hizo en total nada menos que cinco viajes a Roma, en
una época en la que cada uno de estos recorridos era una tremenda aventura
-, y por contraste pasó los tres últimos años de su vida
en cama, inmovilizado por una cruel enfermedad durante la cual se mostró
ejemplar y paciente.
El cisma anglicano borró del mapa la parte visible de su obra, pero la
memoria más antigua de los ingleses está en san Beda, el gran
discípulo de Benito, que nació en Wearmouth y murió en
Jarrow.