Gregorio X, papa, muerto en Arezzo, 1276. El papa Beato Gregorio X (1271-1276)
Es uno de los Romanos Pontífices más insignes del siglo XIII que
constituye el apogeo de la Iglesia medieval. Con Inocencio III (1198-1216) se
puede decir que la Iglesia y el Pontificado llegaron al cenit de su prestigio
y significación, siendo los papas verdaderos árbitros de las coronas
de los reyes, y los motivos religiosos los que guiaban en sus empresas a los
hombres más eminentes del tiempo. En este estado de florecimiento religioso
continuó la sociedad europea a través de todo el siglo XIII. Entre
sus principales manifestaciones podemos notar el gran esplendor de las universidades
y estudios medievales, en París, Oxford, Bolonia, Salamanca y otros importantes
centros, y con figuras tan prominentes, como Alejandro de Hale y San Buenaventura,
San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino. Lo mismo podríamos
decir del gran apogeo del arte religioso, que nos presenta las grandes catedrales
góticas de París, Reims, Chartres y Amiens, Milán, Burgos,
León y Toledo, por no citar más que las principales. Nacido en
Piacenza en 1210, distinguióse desde sus primeros años por su
aplicación y constancia en el estudio, que fue coronado con extraordinarios
éxitos. Los trabajos que tuvo que sufrir Gregorio X durante el concilio
y después de él, unidos a la austeridad de su vida ascética,
lo habían agotado por completo. Dios no le concedió ver de nuevo
a Roma. Mientras volvía de Lyon, después de pasar por Milán
y Florencia, se vio obligado a detenerse en Arezzo de Toscana, donde, víctima
de una pleuresía, murió el 10 de enero de 1276. Según se
refiere, al sentir la proximidad de la muerte, pidió un crucifijo, y
mientras lo besaba con la mayor devoción y recitaba la Salutación
angélica, entregó su alma a Dios. Incluido por la Iglesia en el
número de los beatos, Benedicto XIV, en su célebre obra Sobre
la Canonización, dedica largo espacio a la relación de su vida
y milagros, tal como lo encontró en el archivo del tribunal de la Rota.