San
Isidoro, monje egipcio, 391. Isidoro, después de distribuir su fortuna
entre los pobres, se retiró al desierto de Nitria. Más tarde,
cayó bajo la influencia de San Atanasio, quien le ordenó sacerdote
y le llevó consigo a Roma, el año 341. Pero Isidoro pasó
la mayor parte de su vida como superior del gran hospital de Alejandría.
Cuando Paladio, el autor de la Historia Lausiaca, fue a Egipto para consagrarse
a la vida ascética, se dirigió primeramente a Isidoro, quien le
aconsejó que practicara la austeridad y la abnegación y que volviese
después en busca de nuevos consejos. Cuando tenía ya más
de ochenta años, nuestro santo sufrió persecuciones y calumnias
de toda especie. San Jerónimo le acusó violentamente de simpatizar
con Orígenes, y su propio obispo, Teófilo, que había sido
su amigo, le excomulgó. Ello obligó a Isidoro a buscar refugio
en el desierto de Nitria, donde había pasado su juventud. Por último,
huyó a Constantinopla en busca de la protección de San Juan Crisóstomo,
y ahí murió poco después, a los ochenta y cinco años
de edad.