27 de Abril
Santa Zita
Sirvienta
(1.278)
Una
sencilla sirvienta del hogar. Desde los 12 años hasta su muerte sirvió
en casa de los Fatinelli de Lucca (Italia), siendo a veces humillada y criticada
por ellos. Mereció, no obstante, su respeto gracias a la sincera devoción
y a la entrega a su trabajo. El Señor le favoreció con el don
de los milagros y carismas extraordinarios. El culto a la sierva de Dios comenzó
poco después de su muerte en 1272. Su tumba en la iglesia de San Fridiano
fue objeto de veneración y peregrinación por toda clase de gente.
Canonizada en 1696, su nombre entró en el calendario Romano en 1748.
Desde Italia su culto pasó ya desde la edad media a todas partes de
Europa, sobre todo dentro de las clases populares. Muy vinculada a las asociaciones
de jóvenes del servicio domestico.
Historia
Santa Zita nació en Lucca, Italia, en 1.218,
de una familia campesina pobre, pero muy piadosa.
De pequeñita, bastaba que la mamá le dijera: "Esto agrada
a Dios", para que la niña lo hiciera. Y bastaba decirle: "Esto
no agrada a Nuestro Señor", para que dejara de hacerlo.
A los 12 años, a causa de la pobreza de la familia tuvo que emplearse
de sirvienta en una familia rica. El consejo que le dio la mamá al
despedirse de ella fue esto: "En tus acciones y palabras debes pensar:
¿Esto agradará a Dios?". Fue un consejo que le ayudó
machismo a comportarse bien.
El jefe de la familia donde Zita fue a trabajar, era de temperamento violento
y mandaba con gritos y palabras muy humillantes. Todos los empleados protestaban
por este trato tan áspero, menos Zita que lo aceptaba de buena gana
para asemejarse a Cristo Jesús que fue humillado y ultrajado.
Las demás empleadas le tenían envidia y la humillaban continuamente
con palabras hirientes. Pero jamás Zita respondía a sus ofensas
ni guardaba rencor o resentimiento. Los obreros se disgustaban porque ella
demostraba aversión a las palabras groseras y a los cuentos inmorales.
La tildaban de "besaladrillos" y de "beata". Pero con
el correr de los años, todos se fueron dando cuenta de que era una
verdadera santa, una gran amiga de Dios.
Era la más consagrada a sus oficios en toda esa inmensa casa y repetía
que una piedad que lo lleva a uno a descuidar los deberes y oficios que tiene
que cumplir, no es verdadera piedad.
Un hombre quiso irrespetarla en su castidad, y ella le arañó
la cara, y lo hizo alejarse. El otro fue con calumnias ante el dueño
de la casa y éste la insultó horriblemente. Zita no dijo ni
una sola palabra para defenderse. Dejaba a Dios que se encargara de su defensa.
Y después se supo toda la verdad y el patrón tuvo que arrepentirse
del trato tan injusto que le había dado y creció enormemente
su aprecio por aquella humilde sirvienta.
El dinero de su sueldo lo gastaba casi todo en ayudar a los pobres. Dormía
en una estera en el puro suelo porque su catre y colchón los había
regalado a una familia muy necesitada.
Un
día en pleno invierno con varios grados bajo cero, la señora
de la casa le prestó su manto de lana para que fuera al templo a oír
misa. Pero en la puerta del templo encontró a un pobre tiritando de
frío y le dejó el manto. Al volver a casa fue terriblemente
regañada por haber dado aquella tela, pero poco después apareció
en la puerta de la casa un señor misterioso a traer un hermoso manto
de lana. Y no quiso decir quién era él. La gente decía:
"Un ángel del Señor vino a visitarnos".
Un día llevaba para los pobres entre los pliegues de su delantal, todo
lo que había sobrado del almuerzo, y por el camino se encontró
con el furioso jefe de la casa, el cual le preguntó: - ¿Qué
lleva ahí?. Ella abrió el delantal y solamente apareció
allí un montón de flores.
En época de gran escasez y hambre Zita repartió entre los más
pobres unos costales de grano que había en la despensa. Cuando llegó
el furibundo capataz de la casa a contar cuántos costales de grado
quedaban en el granero, la santa se puso a rezar a Dios para que le solucionara
aquel problema. El hombre encontró allí todos los costales de
grano. No faltaba ni uno solo. Y nadie se pudo explicar cómo ni cuándo
fueron repuestos los que la joven había repartido entre los pobres.
Cuando le quedaba un día libre, lo empleaba en visitar pobres, enfermos
y presos, en ayudar a los condenados a muerte.
Estuvo 48 años de sirvienta, demostrando que en cualquier oficio y
profesión que sea del agrado de Dios, se puede llegar a una gran santidad.
Murió el 27 de abril de 1278.
Fueron tantos los milagros que se obraron por su intercesión que el
Papa Inocencio XII la declaró santa. Y su cuerpo se conservaba incorrupto
cuando fue sacado del sepulcro, más de 300 años después
de su muerte.
Todavía son miles y miles los peregrinos que van a visitar el sepulcro
y el templo de Santa Zita. Y ella sigue dándonos esta gran lección:
que en un trabajo humilde se puede ganar una gran gloria para el cielo